martes, 4 de octubre de 2016

Sabor a café. Capítulo III: Dos de azúcar, por favor




Capítulo III: Dos de azúcar, por favor
Keila salió de la cafetería apresurada. Quedé mirando el sitio vacío. El pastel había perdido su dulzura. Suspiré. Me había sentido atraída por ella desde el momento que nuestros ojos se cruzaron, pero el impulso de saber más de ella nació en el instante que miré su sonrisa efímera y artificial. 
Relacioné sus actitudes con el comportamiento de un gato huraño, que estaba dispuesto a sacar las garras si se sentía amenazado.
Llevé el último trozo de pastel a la boca. Sonreí por la comparación, pero el gesto no duró. Sabía que era mejor alejarme, si no quería tener más decepciones.
Había aceptado hace dos años que era un imán para las personas complicadas y difíciles, todas mis parejas encajaban en ese grupo. Recordé las lágrimas que caminaron por mis mejillas en cada relación fallida; lloraba un día, al otro día me levantaba de la cama repitiéndose que no era la persona indicada. Y así fue durante cinco años, en ese vaivén de amores complicados y desamores. Comencé a creer que el problema no eran las otras personas, sino yo que esperaba un amor duradero y sobre todo fiel, la mayoría de mis rompimientos era por infidelidad.      
Keila demostró que no deseaba involucrarse más conmigo. Y mi parte racional decía que debería hacer caso a las señales, pero la curiosidad y esa extraña atracción era un combustible para seguir indagando.
La lluvia había terminado y de a poco las personas que entraron a la cafetería a esperar que mejorara el clima, se fueron retirando. Llamé a la moza para pagar la cuenta.
La joven se acercó con pasos apresurados, esperando algún pedido.
La observé, era la misma joven que traté mal la última vez. Suspiré con pesadez. La conciencia me recriminaba que no debí ser grosera con ella.
―¿Cuánto es? ―pregunté.
La joven me miró confundida.
―La joven que estaba con usted ha pagado su consumo ―dijo.
Ese comportamiento era contradictorio y me dejó con muchas preguntas. Sólo le dije a la mesera que se retirara. De pronto, el último sorbo de café tuvo un sabor dulce.
***
La reacción de Milagros fue exactamente como pensé que sería: pidió explicaciones, grito un poco, y luego, cuando las suplicas no servían, me dio una cachetada y expresó lo dolida y usada que se sentía, para después abandonar el departamento con un sonoro portazo.
Me echo en el sofá de tres cuerpos, donde había estado Milagros, cubrí mis ojos con el antebrazo izquierdo, tratando de menguar el dolor de cabeza que se aproximaba. 
La puerta del  departamento se abrió. No miré quien era. Sólo había otra persona más que tenía las llaves.
―Vi a una jovencita en el corredor ―comentó Dana, acercándose al sofá individual―. Me miró feo. ―Su voz sonó indignada.
Sonreí, aun cubriéndome los ojos, podía imaginar el rostro de Dana con sólo oír su voz. Sus gestos seguían siendo los mismos desde la infancia.
―Ella no entendió como era el juego ―respondí, sentándome.
Miré a Dana, aún mantenía la sonrisa. Ella me miró unos segundos antes de suspirar cansada.
Me había dedicado a traer una conquista cada vez que podía. A veces esas personas se encariñaban conmigo en cuestión de horas, tal vez, por el léxico o porque les prestaba atención. En el mundo hay muchas personas que buscan ser escuchadas.
―Era muy joven ―repuso Dana, acomodándose en el sofá.
Hice un movimiento de afirmación con la cabeza.
―Me dijo que tenía veintidós ―contesté.
Dana sonrió.
La joven había mentido. No era necesario decirlo. Las jovencitas de estas nuevas generaciones eran más liberales, a diferencia las antiguas generaciones que veían a las personas mayores con cierta reticencia.
―Vamos a cenar ―dijo Dana, mirando el reloj estaba colgado en la pared de la sala―. Lucero debe estar esperándonos.
Me levanté con pereza. Las cenas entre nosotras se volvieron una actividad diaria después de salir de la universidad. Era el único momento durante el día que podía sentirse agradable.  
***
Miré el borrador de la novela con cierto cansancio. La leí tres veces, y el resultado seguía siendo el mismo: una buena novela romántica, carente de romanticismo.  
Las cualidades del editor siempre es ver más allá de lo que mira el escritor. Y en ese momento podía jactarme de ello. Keila era una escritora que se pulió con el tiempo en ortografía, narrativa y un sinfín de etc, que sólo se puede lograr con mucha dedicación y práctica. Pero la otra parte que se acopla a la escritura, todavía no estaba desarrollada. El sentimiento que hace vibrar al lector con cada párrafo estaba carente. Tenía dos opciones: hablar con ella para corregir esa deficiencia o dejar que terminara la novela y entregarla a la editorial. Sabía que vendería los ejemplares requeridos.
Me mordí los labios. La segunda opción era la más pacífica, estaba por dejar así el transcurso de ese libro, pero recordé la primera conversación que tuve con Keila.  
«―Si ves que hay algo mal en mi trabajo, por más insignificante que sea, házmelo saber. Sería imperdonable no mejorar una actividad que me apasiona. Podré ser mediocre como ingeniera de sistemas, que estudie más que todo por tener un título. Pero ser incompetente en el único trabajo que me llena mi existencia, sería devastador―dijo Keila, con severidad.
La miré desconcertada. Las delicadas y joviales facciones se mostraban serias. Entendí la magnitud de severidad en el asunto. Y acordamos que así sería.»
La conciencia me recordó que le di mi palabra a la escritora. Unos de los principales pilares que hay entre editores y autores es la confianza. No podía traicionar un acuerdo de esa índole.
Busque en su sala la libreta de teléfonos, dispuesta a llamarla. Mientras más rápido me comunicara menos trabajo para ella, que seguro debe estar avanzando el resto del libro.
***
Estaba entretenida jugando Resident evil, que prestando atención a mi alrededor. En mi emoción de pasar el siguiente nivel, pude escuchar el repiqueo del teléfono. Hice una mueca de desagrado, podía asegurar que era Francesca. Una vez más llamada al teléfono de casa y no al celular. Pausé el juego. El trabajo era primero.
―Aló ―contesté.
Escuché con atención las palabras de Francesca. Por instantes me sentía irritada, en otras suspiraba con pesadez y al final, todo se concluyó a la misma información de siempre: los sentimientos de la protagonista se sentían vacíos.      
Sentí incomodidad en el pecho. En otras ocasiones, Francisca me había dicho lo mismo. Y aunque trataba de cambiar los reflejos de la protagonista, no lo lograba. Me frustraba. Una pared invisible se había instalado ahí. La editora se comunicó por el acuerdo que teníamos, aún existía la posibilidad de mejorar la historia, pero dudaba de poder hacerlo. En ese instante me sentía insegura de mí misma.
Apagué el juego, las ganas de seguir en el ocio se desvanecieron. De pronto, el sabor ácido se instalado en el paladar y no me apetecía estar en el departamento; necesitaba hablar con alguien. La imagen de Dana pasó como un relámpago en mi mente. Sonreí. Quien mejor que ella para aconsejarme.
***
Mi mirada era tranquila, era el mejor calmante para Keila en ese momento.
―Y eso pasó. ―Terminó de relatar la conversación con Francesca, mientras disfrutaba de una taza de café recién pasado.
Suspiré cansada. Cada vez que entregaba un escrito se  repetía la historia. En el fondo, no la apoyé en esa aventura. Pero cuando ella tomaba una decisión era imposible hacer que cambiara de parecer. Era demasiado terca.
―No es necesario que… ―comencé a decir, pero al ver los intensos ojos de Keila, pensé detenidamente la oportunidad que dio la editora.
Francesca, sin saber puso en la mesa una oportunidad de oro. Desde hace un tiempo deseaba que Keila tomara una relación estable, pero la rubia decía que no le apetecía, y así, seguía viviendo de forma desordenada y promiscua.
Era diferente a mí, que rara vez llevaba a alguien a mi departamento. Prefería la vida asexual, como me autoproclamaba. Eran contadas las ocasiones que buscaba las caricias de un segundo, es por eso que no entendía por qué la necesidad de Keila en tener diferentes amantes. Y a pesar de no entenderlas, sabía que al pasar el tiempo traería consecuencias negativas para ella. Las enfermedades no discriminaban.
Me mordí los labios, meditando si la decisión era correcta.
Ella me miraba curiosa, sus manos se movían inquietas mientras esperaba que terminara de hablar. Al ver que no retomaba las palabras, se aventuró a incentivarme.
―¿No es necesario qué? ―dijo Keila, impaciente.
Sonreí. La rubia nunca se caracterizó por esperar, sino por apresurada. Expliqué el punto de Francesca. La decisión estaba tomada y esperaba que sea la correcta.
―Francesca tiene razón ―retomé la apreciación―. Una escritora que escribe romance y nunca se ha enamorado, no podría entender los sentimientos de sus personajes. La experiencia podría ayudar a ser realista.
Keila me miraba pensativa. Sabía que estaba trazando una respuesta a mi sugerencia. Vi los gestos amargos rebajarse. Sonrió. Había encontrado la forma de refutar mis palabras.
―Es decir, ¿que si quiero escribir una novela de asesinato, tendría que matar a alguien para saber qué se siente?
Me tensé. Keila había razonado de una manera rápida, dejando mis palabras en el aire. Pero aún no perdía las esperanzas a la posibilidad que ella decidiera hacerme caso en esa ocasión.
―Claro que no ―Keila sonrió al escucharla―. El asesinato es diferente al amor. Hay situaciones que puedes experimentar y otras no; asesinar a alguien está en el no, el amor está en el sí. Para ti, que no tiene ni la remota idea de qué es ilusionarse, es complicado saber los efectos del enamoramiento. Francesca tiene razón, deberías conocer a personas y, tal vez, te enamorarías de alguien y así podrías entender mejor a tus personajes ―dije, dudando de mis últimas palabras.
La sonrisa superior de Keila de desvaneció. Escuchó todo a regañadientes. La situación no era agradable. El pasatiempo que amaba hacer y el temor más grande que ha tenido en sus cortos veinticinco años, se juntaron de una manera inesperada. Se recostó en el sofá.
La miraba en silencio, le daría el espacio que necesitaba. Tenía una entrevista de trabajo en menos de tres horas, estaba con el tiempo para llegar a la audición. Le dije a Keila que tendría que salir, pero podría quedarse en el departamento el tiempo que quisiera.
***
Sonreí cuando Dana habló de su audición. Le deseé suerte.
Estuve media hora más allí. Aburriéndome del silencio, decidí irme. Se me antojó comer un postre en la cafería Vlady. Recordé el último episodio en el sitio. Mi sonrisa se transformó en una carcajada al imaginar la cara desconcertada de la joven al saber que había pagado por ella.
Bajé al sótano, encendí el automóvil y tomé la ruta más corta a la cafetería. La lluvia había iniciado. Me sentí emocionada porque estaba segura que la encontraría en ahí.
***
Al abrir la puerta dejé que mis ojos azules pasearan por el lugar; mis labios mostraron un mohín de inconformidad. No estaba en la cafetería. Me acerqué a la mesa más alejada, tomé la carta, estaba antojada de probar algunos nuevos dulces mientras mantenía la esperanza que la joven apareciera.
―¿Qué desea ordenar? ―preguntó la moza.
No era la joven que siempre tomaba mi orden. Esta se ajustaba más a mis gustos.
―Una porción de torta de tres leches y un café pasado. ― Anotó y se retiró.
Miré la calle a través del ventanal. La gente trataba de cubrirse de la lluvia, mientras yo amaba de esas pequeñas gotas de agua desde que era una niña. Cuando llovía corría al patio a mirar el cielo gris, mientras que mi cara era bañada por los fragmentos de agua. Dana me decía,  cuando éramos niñas, que cada vez que llovía era porque el cielo estaba triste.
―¿Tienes costumbre de pagar la factura de desconocidos? ―preguntó Camila.
Sonreí al escucharla. Enterré los recuerdos de mi infancia, y me dediqué a mirarla. Esperando que ella se sentará, y así lo hizo.
***
Quería entender qué pasaba por la mente de Keila, no es normal que la gente page facturas ni tengas detalles por extraños.
―Tal vez, depende qué tan atractiva sea la persona ―contestó.
La miré desconcertada. Se comportó como un gato arisco que no deseaba invasión a su espacio personal, y de pronto, comenzó a coquetearme. No entendí.
―¿Es divertido para ti ser frívola y luego ser coqueta?¿Deseas algo de mí? ―pregunté.
Calculé que Keila tenía más de veinte años, pero su comportamiento parecía de una adolescente de quince; inmadura, incluso insegura de sus movimientos.
Los ojos azules de Keila se mantuvieron firmes, mirándome como si analizará qué hacer.
Miré sus intenciones de irse, pero la joven mesera llegó con una bandeja, ahí estaba la orden de Keila.   
***
La sugerencia de Francesca y Dana me pareció errada. Se instaló un sabor amargo en el paladar. Era mejor irme de ahí.
Disimulé mi enojo ante la llegada de la moza, tendría que quedarme. No quería demostrar a Camila que sus palabras tuvieron efecto en mí.
―No ―contesté, después de que la joven se retiraó―. Sólo pensé que podríamos conversar.
***
Observé en silencio. La sonrisa coqueta de Keila se desvaneció. Su voz sonaba distante. Una pequeña punzaba se sintió cerca de mi corazón, me alarmé. Era el primer síntoma.
―Podemos ―contesté, apresurada.
***
Me sorprendió que Camila respondiera rápido, pero volví a sonreí. Esta vez satisfecha por su impulso.
El ambiente tenso desapareció.
Miraba entretenida los gestos de Camila. Me encantaba saber que estaba siendo seducida. El plan que había trazado estaba empezando.
Tomé sus manos y las apresaba con las mías,  en un gesto cariñoso.
―Me caes bien ―dije, manteniendo la mirada en Camila―. ¿Podemos ser amigas?
***
Dudé en aceptar, pero no pensaba que era mala la propuesta.
Me encontraba con Keila varias veces, algunas eran provocadas por parte mía, y el único inconveniente entre ambas eran los cambios de actitud de la rubia y mis propios temores a enamorarme.
―Sí ―contestó Camila.
El suave susurro del sí, hizo que ella sonriera encantada, sentí una pulsada de felicidad recorrer mi cuerpo.
Keila aprovecho más de mi predisposición.
―¿Podemos salir este sábado? Hay una película de terror que parece buena ―dijo Keila.
―Está bien.
Disfrutó del pequeño dulce y del café, mientras yo llamaba a la moza a hacer mi pedido.
La miré  de reojo, notando sus gestos infantiles que hacía al comer. Sonreí. Me pareció tierna.

Una parte de mí estaba ansiosa por la cita del sábado y otra, atemorizada por chocar de nuevo con la misma piedra. Pero obligué a mi mente pensar que sólo era una salida de amigas.

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